Es sorprendente descubrir que dos de las renombradas “Columnas” (Gálatas 2:9) de la iglesia (Pedro y Juan) eran “hombres sin letras y del vulgo” o “ἄνθρωποι ἀγράμματοί εἰσιν καὶ ἰδιῶται” (Hechos 4:13). La palabra que más a menudo se traduce “sin educación”, “ignorante” o “sin instrucción” (ἀγράμματοί) literalmente significa “sin letras”, i.e. “analfabeto”. La palabra para “corriente”, “sin preparación” o “común” (ἰδιῶται) tiene la connotación de “no profesional”, en este caso se refiere a personas que no pertenecen al consejo de líderes religiosos judíos. Tyndale usó la palabra “laico”. Sabemos que cuatro de los doce apóstoles eran pescadores, uno era un revolucionario político, uno un recolector de impuestos y uno un ladrón. Las Escrituras no proveen información sobre los otros cinco apóstoles. Todos ellos fueron elegidos después de que Jesús hubo pasado toda la noche orando (Lucas 6:12). Dios escogió “hombres sin letras y del vulgo” por una razón.

En este pasaje, Pedro y Juan habían sido arrestados por los líderes religiosos por predicar acerca de la resurrección de Jesús después de haber sanado a un mendigo cojo a la entrada del templo. Al día siguiente fueron interrogados por el sumo sacerdote, los ancianos y los escribas sobre el milagro. La respuesta de Pedro los llevó a la conclusión que Pedro era un hombre “sin letras” y “del vulgo”, lo cual establecía una diferencia clara con su linaje religioso. En cuanto a que Pedro y Juan eran, estrictamente hablando, “analfabetos” está abierto a debate, pero es claro que no eran considerados en su cultura como personas cultas o parte de la flor y nata. (Según el erudito judío Meir Bar-Ilan, la alfabetización en la Palestina del siglo primero alcanzaba apenas el 3%. “La gente del vulgo” estaría dentro del noventa y siete por ciento restante).

El “abortivo” apóstol Pablo (1 Corintios 15:8) claramente fue una excepción a la regla de los pescadores “sin letras”. Pablo era un hombre altamente capacitado en lo que a la Torá se refiere (Gálatas 1:14). Sin embargo, es interesante notar que la comprensión temprana que Pablo tenía de la Torá no lo llevó a conocer a Jesús como el Mesías. Por el contrario, la sabiduría superior de Pablo lo llevó a perseguir a Jesús y por extensión al cuerpo de Jesús, la iglesia. De hecho, una tragedia llamativa en los evangelios es que la gran mayoría de la élite de los religiosos judíos nunca llegó a reconocer al Mesías Jesús, a pesar de que él fue el cumplimiento de su devoción y estudio reverente de la Torá, “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). Es claro que el apóstol Pablo pudo utilizar su educación como una herramienta para alcanzar a sus hermanos judíos, “porque con gran vehemencia refutaba públicamente a los judíos, demostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo” (Hechos 18:28), y para expresar con claridad el evangelio tanto a los judíos como a los gentiles.

  

La aparición en el mar de Galilea

Pedro y Juan no tenían ningunas credenciales académicas religiosas. Eran hombres comunes y corrientes. Ese es el punto. Dios no necesitaba credenciales académicas; todo lo que él necesitaba eran personas que estuvieran dispuestas a seguirlo. Dios calificaría a los “no calificados”. Dios decidió usar un grupo de personas que no pertenecían a la organización de los cultos o religiosos para que fueran sus discípulos principales. Este modelo en el cual Dios usa “personas del vulgo” es común. Pablo lo manifiesta de manera clara en su carta a los Corintios, “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es,” (1 Corintios 1:26-28).

La segunda parte de Hechos 4:13 dice, “y les reconocían que habían estado con Jesús”. Los líderes religiosos percibieron que Pedro y Juan eran hombres “sin letras” así como el hecho que “habían estado con Jesús”. Esta segunda oración en Hechos 4:13 responde la pregunta sobre las “credenciales” cristianas para servir al Maestro. Para decirlo de una manera sencilla, la calificación de los discípulos estaba enraizada en su intimidad con Jesús y no en el estudio meticuloso de la Torá, el Talmud o la Halajá. Jesús no envió a los apóstoles a una Yeshivá religiosa. Les pidió que Lo siguieran.

El estado de “hombres del vulgo” y “sin letras” de Pedro y Juan deberían ser palabras importantes para la iglesia en la actualidad. Primero, una gran palabra de ánimo para quienes creen que Dios no los puede usar debido a sus deficiencias personales. ¡La falta de capacitación formal, dificultad para hablar, apariencia, falta de confianza, falta de elocuencia, acento, condición social, etc. no son impedimentos en el Reino! La falta de calificaciones humanas en realidad puede ser nuestro recurso más grande. Cuando no tenemos educación, nombre o apariencia especiales estamos obligados a confiar completamente en Jesús, quien se convierte en nuestro calificador instantáneo y más poderoso. Cualquier hombre o mujer que haya pasado suficiente tiempo valioso a solas con Jesús tendrá un efecto infinitamente más grande en una congregación (o en no creyentes) que la persona que se para en el púlpito y no tiene nada más que ofrecer que su doctorado, carisma y conocimiento de griego clásico. ¡La iglesia necesita de hombres y mujeres que hayan estado con Jesús! En definitiva Jesús es la escuela. Él es la educación.  

Segundo, la condición de “sin letras” de Pedro debería ser una palabra fuerte de advertencia para las iglesias que a menudo excluyen del liderazgo a las personas “sin letras” y “sin capacitación”. Un importante porcentaje de las iglesias de los Estados Unidos excluiría a Pedro y a Juan del liderazgo debido a su falta de educación formal. ¡Qué perjuicio para su Reino cuando creamos barreras laborales para el liderazgo! ¿Cuántos hombres y mujeres fueron ungidos por el Espíritu Santo para edificar el cuerpo de Cristo pero fueron excluidos debido a su falta de conocimientos de griego, hebreo, de la historia de la iglesia y de teología sistemática?

Después de ocho años de estudios universitarios pensaba que tenía bastante para ofrecer al cuerpo de Cristo. Mi primer puesto pastoral estaba ubicado en una iglesia rural en Carolina del Norte. Estaba ansioso por usar las herramientas que había adquirido a lo largo de muchos años de estudios. La mayoría de los miembros de la iglesia trabajaba en agricultura, productos textiles, transporte, producción, etc. Unos pocos meses después conocí a un ex granjero y chofer de camión llamado Ralph Campbell. No estoy seguro si Ralph fue a la escuela secundaria, no obstante conocía a Jesús de una manera que nunca antes había visto. Esa intimidad con Cristo producía un poder y convicción que raras veces se encuentran en el púlpito de la élite. De inmediato comprendí que esas eran “credenciales” que solo podían ser impartidas a las personas que habían pasado tiempo con Jesús (Hechos 4:13). Estas credenciales no son impartidas por una academia, sino por el Espíritu Santo mismo. Estas son personas que Dios usa para cambiar el corazón de los hombres.

El sentido aquí no es hablar mal de la educación religiosa. Dios imparte sabiduría a través del don de la enseñanza y la predicación, a través de la universidad y el seminario, los cuales pueden ser vehículos para el crecimiento y la madurez espiritual. Como fue manifestado arriba, Pablo era miembro de la “institución religiosa” y su presentación del evangelio no tuvo comparación. A la misma vez deberíamos recordar que Dios a menudo escoge a los “no calificados”, los “no capacitados” y a los “don nadie” del mundo. Dios con frecuencia trabaja fuera de nuestras formas religiosas estructuradas. Los “sin letras” son menos propensos a confiar en su “cinturón de herramientas” del seminario. Ellos tienden a darle la gloria a Dios cuando las personas se maravillan por la forma en que Jesús usó una vasija tan “débil”.

La iglesia no debería menoscabar la función de la educación formal sino que debería reconocer que la educación formal no es una credencial espiritual en sí misma. El llamado de Dios es lo que nos califica y finalmente es el Espíritu Santo quien nos enseña (Juan 14:26). Dios no solo llama a los Pablos del mundo, sino que también llama a los Pedros, Santiagos y Juanes. La calificación suprema es la voz de Dios, su toque, su empoderamiento, su vida.

Artículo de Sky Cline

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